Danzantes.

El sol cae a plomo sobre nuestras cabezas. El sonido de los tambores, casi sin proponérselo, aumenta constantemente y alcanza cimas cercanas al éxtasis. Llegado el momento no se escucha más nada: son tambores de guerra.
A su ritmo, los danzantes giran sobre su propio eje, casi en estado de trance, ahora ajenos a todo lo que les rodea: los curiosos, los fotógrafos, los dos extranjeros que vociferan e incordian a las docenas de policías que pretenden detener a los que ahora bailan.
Los ánimos continúan caldeados. Mucho. La policía duda. Demasiados ojos.
¿Y ellos? Bailan. No se detienen, su baile es su protesta. Sin una palabra hacen que las porras regresen a sus fundas. Obligan a los policías a retroceder. A subir a las furgonetas. A retirarse.
Continúan bailando…

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